Os dejo aquí un texto muy certero de Rafa Cassete que publicó hace unos días en su blog sobre actores pujantes Dame perfiles.

Lo mejor del blog de Rafa es que es escrito por un actor, por lo que es imposible haberte subido alguna vez a un escenario, leerle y no sentirte identificado con cada una de sus palabras. Por lo menos en lo que se refiere a la adicción teatral:

Un día te retiras. Te lías la manta a la cabeza y te retiras. Terminas hasta las narices de los trabajos esporádicos, de las agencias, de los castings, de perseguir un sueño que no acaba de llegar y te retiras. Retomas aquellos estudios que dejaste, que abandonaste cuando te subiste por primera vez a un escenario; o reescribes aquel currículum que tenías guardado en alguna parte, donde aparecía tu experiencia laboral en aquella oficina y aquellos cursos de mecanografía e informática. Y te pones en movimiento; al fin y al cabo, se trata de hacer lo mismo que hacías cuando se trataba de encontrar un trabajo de actor; te lo sabes de maravilla. Empapelas con tus datos personales las agencias de colocación, las etts, las empresas; y empieza a sonar el teléfono. Pasas varias entrevistas de trabajo; pan comido: llevas años actuando, y convencer de tu futura vinculación irreductible a  ‘la casa’ esta chupao. Y te seleccionan; y te hacen un contrato laboral de cuarenta horas, catorce pagas y veintiocho días de vacaciones al año.

Te llaman de la agencias de actores y les dices que ‘te has retirado, que no cuenten contigo a partir de ahora’. La primera vez te cuesta, es como un parto, como una liberación. Las siguientes veces es más fácil, incluso te recreas. ‘Pero tío, ¿cómo dices que te retiras? ¡Si tú eras buenísimo!’ ‘¿Sí, berzotas? ¿Entonces por qué sólo me llamabas para figuraciones especiales? ¡Anda y que te ondulen!’. Qué gusto te da mandar a alguno a tomar viento fresco. En el Feisbuk tus amigos y compañeros de escena montan la revolución; crean un grupo pidiendo ‘Tu regreso a la profesión’. Pero tú erre que erre; sobre todo cuando a final de mes, el día 31, recibes por transferencia tu primera nómina; ahí está, escasita pero puntual en tu cuenta bancaria, sin tener que esperar tres meses, sin tener que ir a ninguna oficina a suplicar lo que es tuyo, sin tener que aportar calendarios para demostrar que esos días los trabajaste. Lloras de felicidad.

Vuelves a tener vida los sábados y domingos. Vuelves a tener horarios que se repiten día a día, semana a semana, mes a mes. Puedes volver a planificar cosas, viajes, comprar entradas de teatro a futuro, sin que un bolo surgido de la nada te fastidie un plan que llevabas meses preparando. Te vas de vacaciones… La primera vez casi no puedes creerlo, te estás yendo de vacaciones en periodo vacacional, sin que una temporada teatral de verano o de invierno te lo impida, sin que un rodaje requiera que salgas corriendo de regreso a Madrid porque el director ha recordado que le faltan escenas por rodar. Te vas de vacaciones y te saben a gloria, aunque tu empresa no te deje coger más que una semana y debido a la antigüedad de los demás te las hayan adjudicado a primeros de septiembre.

Poco a poco comienzas a renegar de tu vida anterior. Ves las películas y series con un deje de suficiencia, ves en ellas a personas que fueron tus compañeros y piensas: ‘pringaos’. Vas al teatro y contemplas la obra bajo una óptica crítica que te impide enterarte de lo que estás viendo realmente. ‘Mira que actúan mal, mira que son ridículos esos actores, anda que son mayorcitos y haciendo esas tonterías a la vista de todo el mundo’. Reniegas de tu vida anterior, y a tus nuevas amistades, a tus compañeros de trabajo, les ocultas esa faceta de tu vida. ‘No, yo del dos mil al dos mil nueve estuve en coma en una sala de hospital; por eso no tengo recuerdos de esos años’. Te cruzas por la calle con ex-compañeros actores y cambias de acera, te pones un periódico delante de la cara, haces que toses. Y si finalmente te paran, saludos efusivos y exagerados y a desgranar tu gloriosa situación actual. ‘Pues sí, chico, lo dejé. Estaba hasta las orejas de no tener vida, de perseguir el trabajo, de cobrar tarde, mal y nunca, de aguardar una oportunidad que nunca llegaba’. Y lo repites varias veces, para tratar de convencer al otro de que ser actor es una miseria y una porquería, para autoconvencerte a ti mismo.

Y pasa el tiempo, y poco a poco todo tu resquemor hacia la profesión de actor se va atenuando; y poco a poco también va naciendo en tu interior, de forma imperceptible, una sensación de pérdida, de vacío. Rebuscas en tus viejos álbumes, en tus dvds, en los resquicios de tu disco duro aquellas escenas, fotos, cortes de video de tu vida pasada. Lo ves desde fuera, con la incredulidad de reconocerte en una profesión que borraste de tu vida. Y comienzas a hacer memoria, y descubres que ser actor es igual que montar en bicicleta: nunca se olvida. Descubres que sigues recordando, con sus pequeñas y lógicas lagunas, aquellos papeles que memorizaste, aquel monólogo que terminaba siempre con una ovación cerrada. Te descubres frente al espejo hablando contigo mismo, interpretando. Te encuentras de nuevo con tus ex-compañeros actores, y tu conversación es completamente distinta que antes: ‘Yo lo tuve que dejar…’ ‘La verdad es que a veces se echa de menos…’ ‘Me viene a la cabeza aquel bolo…’ ‘Hombre, ya me gustaría alguna vez, pero…’. Y sobre todo, descubres que tienes hambre de actuar. Pero no quieres volver, faltaría más. Es una etapa de tu vida cerrada, has sentado la cabeza, ya no eres un piernas, un titiritero, un cómico de esos que se arrastran por la península por cuatro perras…

Un día suena el teléfono.

-Diga…

-¿Sisebuto? ¡Joer, tío, qué alegría! No tenía ni idea de si habrías cambiado de teléfono…

-¿Eustaquio? ¡Leches, cuanto tiempo! ¿Qué es de tu vida? No sabía nada de ti…

-Oye, disculpa si te interrumpo; las formalidades luego, botarate. Déjame que te diga primero porqué te he llamado. Tenemos un problema grave en la compañía: el actor principal se nos ha caido por las escaleras esta mañana, está ingresado en el HospitalMamón y Cabral y tiene como para dos semanas. Estrenamos pasado mañana y no tenemos cover. He llamado a todo el mundo, nadie tiene echa esta obra y no da tiempo a que se aprenda nadie semejante tocho. Y entonces yo me acordé de que tú lo tenías hecho hace tiempo, y aunque ya te habías retirado pensé: ‘lo voy a llamar, a ver si nos puede sacar del apuro, a ver si hace una excepción aunque sólo sea por esta vez’. Tío, nos salvarías la vida, estamos desesperados y bla, bla, bla…

Ser actor es como dejar de fumar. Puedes estar años sin tocar un pitillo; pero como hagas la sandez en una boda, bautizo, comunión, y te fumes uno, quedarás reenganchado pa los restos. Es lo que tienen las cosas adictivas…

Tragas saliva, y respondes tratando de aparentar indiferencia, tratando de no balbucear, oliendo otra vez  ese olor especial que tiene la pintura de los decorados en la oscuridad segundos antes de que suba el telón, oyendo de nuevo en tus tímpanos los ecos de los aplausos al terminar la función, sabiendo que estás mintiendo…

-Eustaquio, merluzo… si me lo pones tan-tan crudo, acepto. Pero escucha, ¡sólo por esta vez! ¿Entiendes? ¡Una y no más, Santo Tomás! Yo ya me he retirado. Os saco del atolladero y se acabó. ¡YO YA NO SOY ACTOR!

Y si eso ocurre en el mercado profesional ¡cuantos actores boomerangs habrá en el mundillo amateur! Yo siempre se lo digo a mis alumnos de teatro de secundaria: el teatro es una droga. Es más, es la más adictiva de las drogas. ¡ríete del tabaco!

Os recomiendo que le echéis un vistazo al resto de artículos. Son, como poco, ilustrativos de la realidad del actor profesional (o que lo intenta)

Via | Clandestino de Actores

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